Cogí un bus en Cuzco atiborrado de ...
Cogí un bus en Cuzco atiborrado de gente y me fui a Andahuaylillas. Quería ver su iglesia, un tesoro poco conocido. Luego de 1 hora de viaje el conductor gritó Andahuaylillas y se detuvo en medio de la carretera. Me bajé esperando ver un pueblo, pero Andahuaylillas era sólo unas casitas de adobe sobre la carretera desolada y una calle empedrada que se iba hacia adentro. Me impresionaron la soledad, el polvo, el infinito color marrón. ¿Dónde se había metido la gente? A un gendarme que pasaba por allí le pregunté dónde estaba la iglesia.
-Para dónde.
-Pues para allá, amiga.
Allá era la nada, el sol en la calle desierta. Caminé recto, no me crucé con nadie. Entonces giré en una esquina y encontré la plaza, grande y polvorienta, rodeada de enormes 'pisonays'. Estos árboles me estremecieron. Líquenes y parásitos amarillentos colgaban desde sus ramas como si fueran las barbas de un viejo decrépito. Frente a la plaza estaba la increíble iglesia de San Pedro de Andahuaylillas, un tesoro del siglo XVI, con grandes frescos de la renombrada escuela cusqueña, el techo artesonado completamente pintado con colores fabulosos, imágenes con resabios indígenas y españoles de la época de la conquista e imponentes altares fileteados en oro. Todo a punto de desmoronarse, descascarado, mutilado, pero aún conmovedor y bellísimo.
Aunque no me permitieron tomar fotos, venir hasta aquí había valido la pena. Ahora me tenía que ir. Me pregunté cómo. Caminé hasta la carretera. Pregunté a un viejo sentado a la sombra de un alero y me contestó con otra pregunta:
-¿El bus, amiga? Tal vez venga pronto, o tal vez no, cómo saberlo...
En Cusco no existe el tiempo, me dije, y me senté al lado del viejo a mirar la carretera desierta.


