Modernidad versus antiguedad
Desde siempre, la antigua Torre de Clará, fue una población volcada al mar, y del mar obtuvo las riquezas de una pesca que parecía inagotable y de un intenso comercio que supo aprovechar gracias a la estratégica situación de su estupendo puerto, localizado a sólo 12 kilómetros de Tarragona y 80 de Barcelona.
Pero claro, la llegada del tren y de los nuevos medios de transporte terminaron con esa fabulosa riada de riquezas y con ello la villa se sumió en un letargo que sólo consiguió eliminar de un plumazo la aparición del turismo.
Ese turismo que fue culpable de la desaparición del núcleo medieval y que hoy visita lo poco que queda de él, y se dirige sólo a los hoteles que pueblan la costa.
Aún así, podemos disfrutar de un paseo por este pueblo que fue escenario de una sangrienta batalla durante la Guerra de Sucesión, que jugó un importante papel en la Guerra del Francés y que hoy sólo desea vivir en paz junto al mar.
Aprovechemos esa paz para visitar la estupenda Plaza del Ayuntamiento, que fue patio de armas del Castel Nou, el renacentista palacio que hoy es sede del gobierno de la villa, la maciza iglesia de Sant Pere y la elegante Torre de la Vila, que pertenecía a una antigua muralla y a un castillo ya desaparecidos, de los que aún queda algún paño y que tiene una muy característica y diminuta ventana gótica.
Muy pegada a esa parte antigua que se resiste afortunadamente a desaparecer, encontramos toda la ciudad nueva, nacida en los años 50 del siglo XIX y que no ha parado de crecer, debido a las oleadas migratorias provenientes del sur de España, atraídas por la oferta de trabajo que nacía bajo la protección del turismo de costas que actualmente representa la principal fuente de ingresos de la zona.
Una recomendación: tanto Torredembarra como Altafulla tienen una gastronomía única, variada y sabrosa. No dejemos de probar las especialidades que combinan el mar y la tierra. Para chuparse los dedos.


